De contable a desarrollador: mi reconversión profesional en tecnología (y lo que vino después)

Imagen minimalista generada por IA de una rampa blanca que representa el camino ascendente y claro de la reconversión profesional en tecnología para el blog de Orbitant.

Aunque han pasado algunos años, aún recuerdo vivamente los motivos y las sensaciones que me llevaron a replantearme mi vida profesional. Fue una mezcla de monotonía, ausencia de retos y de creatividad, falta de progreso. Mi trabajo no me suponía esfuerzo de ningún tipo, ni físico ni intelectual, y eso, para mí, era una losa demasiado pesada.

Esta es la historia de mi reconversión profesional en tecnología: una montaña rusa que empezó con una hoja de Excel y que, casi seis años después, me ha traído hasta aquí. Si estás en ese punto de inflexión, o ya lo cruzaste y sigues procesando lo que pasó, esto va para ti.

Excels, contabilidad y la decisión de saltar

Después de finalizar mis estudios en la rama empresarial, estuve unos años trabajando en departamentos financieros. Excels, contabilidad, cashflow, números por aquí y por allá. No pretendo decir que ese tipo de trabajo no sea un buen trabajo, simplemente no era para mí.

Ya que tenemos que pasar gran parte de nuestra vida trabajando, al menos intentemos que sea un trabajo que nos resulte interesante, motivador, que nos aporte a nosotros mismos, y que podamos incluso disfrutar en lugar de maldecir. Esto es obvio, pero lo obvio no siempre lo parece.

Ahora bien, reconocer, aceptar y digerir todo eso no fue fácil. Suponía, en primer lugar, admitir que me había equivocado con el camino profesional elegido. Y en segundo lugar, tirar por tierra todo lo que había estudiado y hecho hasta ese momento con la idea de dedicarme a otra cosa.

Con el tiempo, me he dado cuenta de que esa lectura era errónea: todo lo que uno aprende y hace, suma. Se convierte en bagaje que también puede venir bien en otros ámbitos. La capacidad analítica que desarrollé trabajando con números, la atención al detalle, la visión de negocio… todo eso me acompaña hoy cuando escribo código.

Me encontraba en una encrucijada con dos caminos a la vista: el conocido, cómodo, sin baches, pero que parecía no conducir a ningún lado; y uno nuevo, con más curvas y altibajos, que se presentaba más emocionante y prometía llevarme a nuevos lugares. Pese a no ser una persona muy aventurera, lo tuve claro: decidí tomar el desvío y comprobar a dónde me llevaba.

Ya que tenemos que pasar gran parte de nuestra vida trabajando, al menos intentemos que sea un trabajo que podamos disfrutar en lugar de maldecir.

ARTURO G. BRUNO
Software Engineer

La montaña rusa de la reconversión profesional en tecnología: del vértigo al síndrome del impostor

Al principio, mientras me formaba para ser desarrollador web, todo era nuevo y excitante. Mi rutina diaria cambió por completo: volví a estudiar, ponía las cosas en práctica, conocí gente nueva e interesante. Tenía retos ante mí que me hacían investigar, pensar, buscar soluciones. Y eso, viniendo de la situación de la que venía, era emocionante. También me ayudó a enfrentarme al miedo al cambio y a entender que el cambio, aunque resulte incómodo, es lo que nos permite movernos y avanzar.

Pero el proceso no estuvo exento de dudas e incertidumbre. Surgían preguntas del tipo «¿y si me he equivocado de lleno?», «¿estaré a la altura?», «¿y si, después de todo, no encuentro trabajo?». Diría que entra dentro de lo normal hacerse este tipo de planteamientos en situaciones así. Pero también es cierto que quien no arriesga, no gana. Es mejor intentarlo, aunque no salga como uno quiere, que arrepentirse de no haberlo intentado siquiera.

Y cuando por fin llegó la hora de la verdad, tocó dar el salto al mercado laboral. Un salto de los que dan verdadero vértigo: las entrevistas en un terreno aún desconocido, los primeros «gracias, pero no». Pero en ese punto solo puedes ir hacia delante: no has llegado hasta ahí para rendirte. Y lo conseguí. Después de algunas entrevistas, que también son en sí mismas un proceso de aprendizaje, conseguí lo que llevaba más de dos años persiguiendo desde que decidí tomar aquel desvío.

El principal reto, sin embargo, no fue técnico. Fue luchar contra el síndrome del impostor, algo habitual en quienes hemos cambiado de profesión. Es un sentimiento desagradable que te hace sentir que no vales para esto, que no estás lo suficientemente preparado, que te falta experiencia. En mi caso va por rachas: a veces consigo mantenerlo a raya, otras veces no tanto. Pero aprendes a gestionarlo y confías en que, poco a poco, pierda fuerza.

La comodidad como enemigo: reconocer el estancamiento antes de que te atrape

Quería retos, no tener monotonía, tener que pensar y buscar soluciones. Y vaya si lo encontré. En esta profesión, cada día tienes un problema distinto que resolver y el cambio viene de serie. Es lo opuesto a mi anterior profesión. Te da más y te requiere más. Pero si disfrutas aprendiendo, el balance es positivo.

Sin embargo, tras casi tres años en el mismo proyecto en una empresa anterior, empecé a sentirme estancado, agotado, falto de retos, de crecimiento y de motivación. La situación me recordó, salvando las distancias, a mi yo del antiguo trabajo. Pero esta vez jugaba con ventaja: ya conocía esa sensación, tenía claro que no es lo que quiero y que había que actuar.

No todo el mundo lo entendía, porque aparentemente estaba bien: cómodo, tranquilo, todo bajo control. Ahí está la trampa. El estancamiento no llega como un bloqueo repentino, llega disfrazado de estabilidad. Y la comodidad puede convertirse en tu peor enemigo cuando te hace creer que todo va bien.

Lo que aprendí de esa experiencia:

  • El estancamiento no significa que te equivocaste. Significa que has agotado el aprendizaje disponible en ese contexto.
  • La comodidad y el crecimiento rara vez coexisten. No porque la comodidad sea mala, sino porque el crecimiento genuino requiere cierta incomodidad.
  • Actuar es más importante que tener certezas. Rara vez contamos con información completa, por lo que aprender a tomar decisiones con lo que tenemos es una habilidad importante. En esta ocasión, decidí cerrar ese capítulo.

Lo que nadie te cuenta es que el síndrome del impostor no desaparece con los años de experiencia. Lo que cambia es tu relación con él: dejas de creerle a ciegas.

ARTURO G. BRUNO
Software Engineer

Hay que atravesar dificultades para llegar a donde quieres

Pero las cosas no siempre salen como uno espera. Tras decidir salir, cambié de empresa. No tardé en darme cuenta de que no era mi sitio. Por razones que no vienen al caso, no conseguía encontrarme a gusto, y tuve que luchar y trabajar muy duro para seguir adelante. Pese a que las cosas no pintaban muy bien, no estaba dispuesto a rendirme.

A veces hay que atravesar dificultades y superar los obstáculos en el camino para llegar adonde uno realmente quiere. Y eso fue exactamente lo que pasó. Algún tiempo después, tuve la oportunidad de unirme a Orbitant. Llegué con la ventaja de conocer a algunas de las personas que ya estaban allí —habíamos coincidido en una empresa anterior—, así que podía hacerme una idea de cómo iban a ser las cosas. Esta vez el salto fue mucho más fácil.

Lo que encontré en Orbitant fue un equipo donde las preguntas difíciles tienen espacio. Donde la tecnología no es un fin en sí misma sino una forma de resolver problemas reales para personas reales. Y donde la cultura no está escrita en un póster en la pared, sino que se nota en el día a día: en cómo se toman las decisiones, en cómo se comparte el conocimiento y en cómo se afronta lo que no sale bien.

La segunda reconversión: hacer software en la era de la IA

Y aquí viene el giro que no esperaba. Cuando decidí dejar la contabilidad para dedicarme al desarrollo web, pensé que el cambio de profesión sería un evento puntual. Un antes y un después. Lo que no imaginaba es que, apenas unos años más tarde, el propio sector me iba a pedir algo parecido: reconvertirme otra vez, pero esta vez sin cambiar de silla.

La irrupción de la Inteligencia Artificial Generativa ha llegado para cambiarlo todo. Y no lo digo como titular de LinkedIn, lo digo como alguien que lo está viviendo en su día a día. Las herramientas con las que trabajo hoy no existían hace dos años. Los copilots, los agentes de código, los modelos que analizan, sugieren y generan soluciones junto a ti… todo eso ha dejado de ser una novedad para convertirse en parte del flujo de trabajo real.

Lo que está ocurriendo es un cambio de paradigma. El rol del desarrollador ya no consiste únicamente en escribir código línea por línea. Cada vez más, consiste en dirigir, evaluar y corregir la salida de herramientas inteligentes. En descomponer problemas complejos en piezas del tamaño adecuado para que un agente los resuelva. En saber cuándo el resultado que te devuelve una IA parece correcto, pero no lo es. En mantener la coherencia de una arquitectura cuando parte del código lo ha generado una máquina. Estamos pasando de ejecutar tareas a orquestar sistemas que las ejecutan por nosotros.

Lo que la contabilidad me enseñó (sin yo saberlo) sobre trabajar con IA

Resulta que el bagaje acumulado de mi vida anterior —el que durante años pensé que había dejado atrás— ahora tiene más valor que nunca. La capacidad analítica, la comprensión de procesos de negocio, la costumbre de verificar datos antes de dar algo por bueno, la habilidad para detectar cuándo un número no cuadra aunque «parezca» correcto. Todo eso, que desarrollé entre hojas de cálculo y balances de cuentas, es exactamente lo que necesitas cuando trabajas con una IA que genera respuestas convincentes pero no siempre precisas.

Comprender las necesidades y los requisitos, pensar de forma estructurada, cuestionar los resultados se convierten, más que nunca, en habilidades decisivas en un entorno donde la tecnología avanza más rápido que nuestra capacidad de evaluarla. Y no son habilidades exclusivamente técnicas. Son habilidades que puede tener un contable, un abogado, un biólogo… cualquier persona acostumbrada a analizar, verificar y decidir con información imperfecta.

El entorno importa tanto como la actitud

Ahora bien, enfrentarse a un cambio de esta magnitud en solitario es muy distinto a hacerlo en un equipo que lo tiene integrado en su forma de trabajar. En Orbitant, la posición es clara: la IA acelera, pero la experiencia dirige.

No se trata de perseguir cada nueva herramienta o tendencia que aparece, sino de aplicar la tecnología cuando realmente aporta resultados. Construir soluciones limpias, escalables y mantenibles y usar la IA como un acelerador dentro de ese marco, no como un atajo que lo sustituya.

En la práctica, eso significa que cuando alguien del equipo prueba una nueva herramienta de IA y descubre que genera código que parece limpio, pero esconde deuda técnica, lo comparte. Y cuando otro encuentra una forma de usarla que realmente ahorra tiempo sin sacrificar calidad, también.

No hay dogmas ni hype; hay criterio compartido. Y para alguien como yo —que cambió de profesión buscando retos y crecimiento— ese tipo de entorno no es un detalle menor. Es la diferencia entre vivir este cambio de paradigma con ansiedad o vivirlo como lo que realmente es: una oportunidad de seguir aprendiendo.

Un futuro que se parece a una nueva reconversión

Viendo lo mucho y lo rápido que está cambiando el mundo del desarrollo de software, probablemente sea aventurado decir cómo será exactamente el futuro dentro de 5 años. Lo que ya sabemos hoy es que cosas que hace bien poco parecían ciencia ficción son una realidad y el día a día para muchos de nosotros: los agentes de IA ya no son simples asistentes que completan líneas de código; son colaboradores que automatizan tareas, ejecutan pruebas, detectan bugs y proponen refactorizaciones, entre otras cosas.

¿Qué significa eso para un desarrollador? Que el valor no está en cuántas líneas de código escribes, sino en tu capacidad para:

  1. Definir bien el problema antes de pedirle a un agente que lo resuelva.
  2. Evaluar críticamente lo que la IA genera — porque parece correcto no significa que lo sea.
  3. Mantener la visión de conjunto cuando tienes múltiples agentes trabajando en paralelo.
  4. Entender el negocio detrás del software, no solo la implementación técnica.

Y eso, curiosamente, me devuelve al punto de partida. Porque esas habilidades —entender el problema, verificar los resultados, tener visión de negocio— son las mismas que fui construyendo a lo largo de todo este camino. Desde las hojas de Excel hasta aquí.

Casi seis años después de tomar aquel desvío, la montaña rusa no ha terminado. Pero ya no me molesta no saber dónde está el siguiente tramo. Lo que sí tengo claro es algo que siempre he tenido presente: la importancia de estar en el lugar adecuado, en el momento oportuno.

No siempre depende de uno mismo, también hace falta un poco de suerte. Pero si tienes claro dónde quieres estar y sabes hacia dónde tienes que ir, tienes más posibilidades de lograrlo.

Cada curva, hasta ahora, me ha llevado a algún sitio que merecía la pena. Y esta nueva curva —la de la IA, la de aprender a trabajar de una forma que no existía hace dos años— tiene toda la pinta de ser la más interesante de todas.

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